Gestión y educación sanitaria: las verdaderas Urgencias
Sin una Atención Primaria fuerte y una ciudadanía formada en salud, los servicios de Urgencias seguirán saturados y el miedo continuará decidiendo por nosotros.
Si a cualquiera de los usuarios de Urgencias le preguntásemos, al día siguiente de su visita, por qué acudió, la respuesta más probable sería: porque me asusté. El dolor no cede y se irradia, la tos no afloja, la fiebre sube, el pecho se encoge y el corazón se acelera, el picor enloquece, la garganta se cierra, la fontanela late, la herida supura, el pañal sale verde, el bebé vomita y llora sin consuelo… Podríamos citar infinidad de síntomas que generan miedo e incertidumbre. La urgencia es, ante todo, una emoción.
Por eso mismo, pretender ordenar los pasillos de un hospital acusando a los ciudadanos de hacer un mal uso del sistema sanitario es distorsionar la raíz del problema. No es que la gente acuda por gusto a los servicios de Urgencias: es que no sabe cómo actuar y no tiene otra alternativa ante su agobio. ¿Significa eso que todo vale? No. Los usuarios tienen la obligación de hacer un uso responsable de los servicios públicos.
Se ha elevado las Urgencias a la categoría de salvavidas universal. Se llega sin cita, a cualquier hora, y un médico, antes o después, atenderá al paciente e intentará aliviar su sufrimiento físico y emocional. Es comprensible que, cuando la Atención Primaria tarda días en dar cita, el instinto de supervivencia empuje hacia la única puerta con luz: la de Urgencias del hospital.
Lo reprochable no es el miedo —empecemos por reconocer que todos lo sentimos ante cuestiones de salud que nos abruman porque nos limitan y desconocemos su dimensión—; lo injustificable es, por una parte, no tener suficiente educación sanitaria para distinguir cuándo hay que correr desesperadamente a un centro sanitario y, por otra, que el sistema te deje sin alternativas.
Claves de la gestión sanitaria
La narrativa de que se abusa de Urgencias para saltarse listas o adelantar pruebas constituye una coartada perfecta. Es cierto que ese uso existe, pero convertirlo en explicación única solo sirve para exculpar la gestión sanitaria. Si la Atención Primaria tuviera aliento —profesionales suficientes, agendas realistas, huecos de atención en el día y programas de educación en salud—, gran parte de esa demanda de Urgencias encontraría su consuelo cerca de casa y lejos de los hospitales.
Hasta ahora, la apuesta por la Atención Primaria ha sido protagonista de campañas electorales y eslóganes políticos, pero no de los presupuestos ni de la gestión necesaria para dotarla de tiempo clínico suficiente, de equipos multidisciplinares y proporcionados, de las herramientas básicas de diagnóstico, de agendas elásticas o de canales digitales útiles para resolver dudas que no requieren exploración.
Responsabilizar únicamente al paciente de la saturación de Urgencias es tan simplista como culpar a la lluvia de todas las inundaciones. Llueve, sí. Llueve mucho y en poco tiempo, también. Pero si construimos en zonas inundables y no mantenemos adecuadamente el alcantarillado, las inundaciones no son solo culpa del agua que cae del cielo: algo tendrá que ver la gestión de los servidores públicos.
Podemos seguir buscando argumentos para distraer la atención y evadir el origen real del problema: las Urgencias seguirán desbordándose, las listas de espera crecerán como la espuma y los especialistas, cada vez más estresados y desmotivados, tendrán que dedicar buena parte de su jornada a tratar complicaciones derivadas de demoras o de una atención deficiente en centros concertados.
La Primaria, clave
La mejor política de Urgencias se hace fuera de ellas, en Primaria. Cada dolor de cabeza bien explicado por un médico de familia; cada fiebre infantil acompañada por una enfermera de pediatría que enseña qué vigilar; cada paciente crónico con un plan escrito y bien explicado se traducen en menos visitas al hospital.
La buena gestión y la educación en salud ahorran sufrimiento, pruebas innecesarias y dinero público. Son urgencias silenciosas: no ocupan grandes debates ni titulares, pero son vitales.
Conviene precisar que hacer educación sanitaria no es poner un cartel con emoticonos y eslóganes, ni hacer vídeos con rostros conocidos dando consejos, y mucho menos un sermón culpabilizador. La educación en salud es dar poder al ciudadano. Es enseñar a prevenir enfermedades, explicar con claridad los diagnósticos, los efectos secundarios de los medicamentos, cuáles son las líneas rojas que exigen acudir a Urgencias, cuáles constituyen semáforos en ámbar que merecen respuesta rápida en Atención Primaria o en un PAC, y qué síntomas pueden esperar con autocuidados y cita programada.
Si se descuida la Atención Primaria, obligamos al miedo a decidir. Responsabilidad ciudadana, sí, pero también responsabilidad de los gestores públicos.
Artículo publicado en Mundiario

